
Ya hablamos en otra ocasión de la mala suerte. Era un chiste, por supuesto; yo no creo en la mala suerte. Pero algunos llaman así a una serie de eventos que no pueden explicar y que desencadenan circunstancias desfavorables. Si tan sólo pensaran un poco, se darían cuenta de que casi todo es fácilmente explicable.
Llevo ya seis meses trabajando en un proyecto que tan sólo me ha dado quebraderos de cabeza. Desde el principio he tenido que luchar contra multitud de factores adversos. La falta de información y los problemas metodológicos no me permitieron darme cuenta de que, tal vez, la hipótesis no era muy afortunada. En resumen, los árboles no me dejaron ver el bosque. El trabajo que, hasta entonces había sido muy frustrante, se convirtió en una desesperación.
La semana pasada pude hablar con el jefe y, por fin, puedo ver una tenue luz al final del túnel. Podré tener una salida digna haciendo un trabajo de revisión. No es mucho, pero es lo que hay. Como me han dicho aquí, así es la investigación, y lo que me ha pasado es mala suerte. Dejemos que sea así.
Así pues, estos últimos meses serán mejores. No muy productivos en cuanto a actividad científica se refiere, pero sí más alegres. ¡Y con mejor tiempo!
Como decía Alain, mira a lo lejos.